jueves, 28 de junio de 2018

OCLOCRACIA en el Perú.



Según el Diccionario de la Real Academia Española, define como Oclocracia al gobierno de la muchedumbre sumido en la ignorancia y se mueve por sentimientos y emociones irracionales.

Se distingue del pueblo, que es el cuerpo social conformado por los ciudadanos conscientes de su situación y de sus necesidades, con una voluntad formada y preparada para la toma de decisiones y para ejercer de forma plena su poder de legitimación.

Aristóteles lo definía como el gobierno de los demagogos en nombre de la muchedumbre. El Oclócrata se presenta como el caudillo carismático, dotado de la capacidad intuitiva de adaptar materiales simbólicos a las necesidades de la muchedumbre haciéndole ver que va a satisfacer sus más inmediatas vindicaciones para de esa forma, mantener la adhesión de ese sector social, hundido en la ignorancia y el abatimiento y que, ante la manipulación del Oclócrata, se vuelca hacia éste con fe ciega. Es el reflejo de profetas, hechiceros, árbitros, guías de cacería o caudillos militares, considerándose en posesión de fuerzas sobrenaturales o sobrehumanas, en fin, un emisario divino.

En nuestro país, hay mucho de ficción y de verdad, porque dramáticamente nos acercamos a los años 2018 y 2021 años electorales, cuando ya aparecen los Oclócratas sin confrontar abiertamente los problemas estructurales y coyunturales nacionales evitando deslindar con la corrupción y el narcotráfico institucionalizado, que sólo les falta poner a su “presidente” en Palacio de Gobierno.

Este tema, amigos míos, no supone rechazo al sistema democrático, sino el rescate de su verdadero sentido. Creo como los demás demócratas de mi país, que no es aconsejable llamar democracia a todo régimen que se instale después de celebrar elecciones porque resulta sumamente peligroso hoy en día, cuando la delincuencia, la corrupción y el narcotráfico institucionalizado han sentado sus reales, gracias a los Oclócratas peruanos.

Por ello, resulta peligroso para el prestigio del sistema y la paz social, que se obligue a concebir que es suficiente elegir para creer haber conquistado la democracia, si ésta no se refleja en los cambios estructurales a favor del pueblo que exige la justicia social.

La Oclocracia en el Perú es posible si el pueblo es cada vez más desocupado, hambriento y enfermo, víctima del abandono y la frivolidad por los medios de comunicación, con un congreso ineficiente incapaz de legislar y de fiscalizar, la corrupción, el pandillaje, el narcotráfico, la injusta redistribución del crecimiento económico, sin una política orientada al desarrollo social a fin de acortar distancias entre ricos y pobres, sin un poder judicial ni ministerio público que apliquen la ley sin discriminaciones, sin un poder ejecutivo sin capacidad de respuesta a los grandes problemas del país.

Necesitamos dialogar sobre nuestras expectativas futuras y evitar que la muchedumbre vuelva a “elegir” algún Oclócrata.

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